Tu negocio no es tu hijo

Tu negocio no es tu hijo

Creer que tu negocio es como un hijo es una metáfora entrañable, pero peligrosa. Porque lo que se ama sin distancia, se gestiona sin criterio.

Cuando tratamos la empresa desde la emoción, cada decisión se vuelve personal. La crítica se interpreta como un ataque, el cambio como una traición, y el fracaso como una herida al ego. Esta confusión entre identidad y proyecto distorsiona la toma de decisiones. Porque, así como a un hijo podrías darle la razón solo para calmar una situación, con tu negocio esa indulgencia puede salir cara.

La implicación emocional no es mala. Todo lo contrario: suele ser motor de compromiso. Pero no puede dominar el análisis. El afecto por lo que sentimos como propio puede llevarnos a sostener productos que ya no funcionan, perpetuar rutinas obsoletas o mantener equipos tóxicos por lealtad mal entendida.

Nassim Taleb hablaba del “skin in the game” como forma de estar realmente implicado en lo que uno construye. Pero tener tu "piel en el juego" no significa gestionarlo desde el sentimentalismo. Implicarse sí, pero con juicio. Sentir que te va la vida en ello ayuda; gobernarte por ello, no. Tomar medidas impopulares cuando toca es parte del trabajo. Porque el riesgo no se reparte: se concentra en quien no decide a tiempo.

Los negocios necesitan estructura, enfoque y frialdad. Porque lo importante no es proteger lo que ya se ha hecho, sino asegurar que pueda seguir generando valor por mucho tiempo.

Por eso conviene trabajar con modelos y diagnósticos que disipen la niebla emocional y te permitan ver el negocio como lo que es: una fuente de ingresos, no un reflejo de tu identidad.

Todos necesitamos un Plan.

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